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Deformaciones del Hombre Nuevo en Cuba
Por: Miriam Leiva / Crónicas de la
Isla 2
Carta de Cuba, Inc.
Entre los adolescentes se propagan “vicios capitalistas”como la droga, la
prostitución, el alcoholismo y el abandono de los estudios. Tan grave es la
situación que las autoridades cubanas lo han reconocido, y anuncian el
establecimiento paulatino de la doble sesión de clases en la enseñanza
secundaria básica para que los escolares no estén “regados por las calles
durante el día, sin el control de los padres y las escuelas”. Esos problemas
se presentan en la mayoría de los países, pero en Cuba no debería suceder.
Los jóvenes han sido formados bajo la doctrina del hombre nuevo. Durante los
últimos 40 años se han escuchado consignas dirigidas a grabar en las
dúctiles mentes de los niños y adolescentes patrones de conducta ajenos a
los establecidos durante cuatro siglos de desarrollo de las tradiciones, la
nacionalidad y la cultura de la nación cubana.
En los primeros tiempos revolucionarios, gran parte de la población fue
subyugada por las ilusiones de vivir un futuro más equitativo. Para ejercer
su control sobre la sociedad, se debían erradicar todos “los valores
nefastos del pasado” y crear otros que correspondieran al nuevo sistema
político-social impuesto. El proceso fue enérgico y acelerado. Los padres
perdieron el control sobre los hijos a través del sistema de becas en
escuelas muy distantes de los hogares, inicialmente concentradas en la
Habana, por los frecuentes trabajos voluntarios de fines de semana o por
períodos de tiempo más prolongados, así como por las movilizaciones de las
milicias y demás organizaciones políticas “para defender la patria”. Luego,
poco a poco, se abrieron escuelas internas de distintas enseñanzas en las
capitales provinciales; y finalmente, los institutos preuniversitarios en el
campo, dispersos por todo el territorio nacional, constituyeron el único
medio de realizar el bachillerato si no se podía presentar un certificado
médico contundente para asistir a los muy contados que permanecieron en las
ciudades. Los jóvenes debían forjarse bajo el principio del estudio-trabajo,
convivir de manera que se apreciara el verdadero esfuerzo de crear bienes
para sus semejantes y establecer vínculos de hermandad. Se implantó el
Ejército Juvenil del Trabajo, el Servicio Militar Obligatorio y las
“heroicas” contiendas para “ayudar a liberar a los pueblos oprimidos del
mundo”.
Pero el Estado no puede suplantar a la familia en la creación de los
valores, sentido de pertenencia y solidaridad humana. Los patrones impuestos
bajo consignas, son endebles, sobre todo cuando en esa etapa de cambios
traumáticos, los adolescentes empiezan a cuestionarlo todo y buscar
respuestas. Las carencias, soportables mientras que se suponía eran
transitorias para construir una sociedad próspera, resultan una pesada carga
si el paraíso prometido nunca llega. Quien no tuvo juguetes en la niñez y
usó la poca ropa que le vendían de modo racionado, en la actualidad no puede
aspirar a vestir según la moda de la edad, frecuentar discotecas o poseer
sus equipos de música y video. Peor aún, con una economía cada vez más
deprimida, donde el salario de un ingeniero o de un médico no alcanza para
cubrir las necesidades básicas de una persona, los jóvenes se cuestionan
para qué esforzarse en los estudios, sin darse cuenta que no hay nada eterno
y que esta situación de bloqueo a la creatividad y al trabajo tampoco lo
será. Por igual motivo, tampoco pueden aspirar a establecer una familia,
pues en el hogar la mayoría no cuentan siquiera con un dormitorio personal y
carecerán de vivienda propia. Tendrían que hacinarse con cónyuges e hijos
como lo han hecho sus padres. Desde que nacieron han escuchado que quien no
guste del sistema imperante o tenga ansias distintas, puede buscar
realizarlas en otra parte. Abrieron los ojos al mundo con el gen del
desarraigo implantado en su ADN, por lo que no extraña que muchos de ellos
recurran a cualquier método para lograr el anhelado objetivo, desde las
precarias balsas hasta la prostitución encubierta mediante el matrimonio con
los extranjeros, desde el pago de miles de dólares por los familiares que
residen en el exterior a personas que se dedican al tráfico ilegal en
lanchas, hasta la compra de cartas de invitación y pasajes a través de
terceros países, para arribar a los Estados Unidos de América,
preferiblemente. Grandes sacrificios que en ocasiones pueden costar la vida.
Mientras ese joven piensa en como alcanzar sus aspiraciones, probablemente
simula ser parte de un entorno que no desea. No expresa sus opiniones, y
participa en las movilizaciones políticas de la escuela o el centro de
trabajo. Ha participado en las “tribunas antiimperialistas”, las
demostraciones frente a la Sección de Intereses de los Estados Unidos de
América, y las millonarias firmas para declarar irrevocable el sistema del
que quiere huir. Más difícil le resulta referirse a lo tratando en las
“mesas redondas” casi diarias, pues no tiene aguante para sentarse frente al
televisor o escucharlas mientras deambula de un lado para otro de la pequeña
morada donde reside. Menudo problema se le plantea ahora que la Unión de
Jóvenes Comunistas quiere seguir creciendo a toda costa. Le será difícil
escabullirse y mantener el precario status logrado. Para los adolescentes,
muchos de los cuales han abandonado el preuniversitario o el empleo, el
gobierno creó las escuelas emergentes de enfermería, educación y asistencia
social. Como incentivo, se les ofreció un curso corto, un salario aceptable
y la posibilidad de matricular sin examen de ingreso en varias carreras
universitarias. Ahora visitarán las casas para conocer la situación en los
hogares y suministrar (posiblemente sin estar consciente de ello)
información a los organismos represivos. Otros, sin la debida vocación ni
información sólida, atenderán enfermos o procurarán impartir clases a
muchachos casi de su edad, en un proceso de creación de disciplina y valores
de los que ellos mismos quizás carecen. Por último, las diferencias sociales
crecientes en función de la posesión de dólares lleva a muchos jóvenes a
procurar medios para adquirirlos, ya sea mediante la prostitución o en trato
con amigos nacionales o extranjeros de dudosa moral.
Al incrementarse el tráfico de drogas en Cuba, esos muchachos desorientados
buscan evadirse mediante su consumo, y al igual que sucede con el alcohol,
se convierten en adictos de esas sustancias, con el agravante de que en su
mayoría, no disponen de recursos económicos para adquirirlas. Hacer
programas para tratar de encerrar los problemas en las escuelas no los
soluciona. Se requiere atenderlos a nivel de toda la sociedad. Los niños y
jóvenes son el futuro de la nación. Si se sienten desarraigados y sin
esperanzas, difícilmente podrán encarar como adultos los grandes esfuerzos
que demandará la reconstrucción de este país. La crisis económica llamada
“período especial”, que a sus casi 14 años de existencia lejos de mejorar se
profundiza, se podrá solucionar con grandes esfuerzos, pero la crisis de
valores morales demandará mucha dedicación y tiempo para reconstruirlos.
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