Encuentro
con el malvado
" El que ha cometido un asesinato
no parará hasta caer en la tumba:
¡que nadie intente detenerlo!”
( Proverbio 28-17 )
Los muchachos corretean sudorosos, de aquí para allá y de un lado
hacia otro, por toda la cuadra de Fray Alonso a la vera de la Loma
del Chipre.
De repente asoma por la calle H un
jeep ruso; cachivache de los que abundan y gasta gasolina como un
trastornado. El vehículo dobla a la izquierda y se estaciona justo
al portón de la vivienda marcada con el número 362. En la puerta del
carro un rótulo pone al desnudo su procedencia: Servicios Marítimos.
Tres hombres bajan del coche,
incluso, el conductor. Uno de ellos, el más flaco, cuyo bigote
tiende a unirse con la melena, va delante para trepar unos pocos
peldaños en la escalera que lo lleva hasta donde vive. Los otros
permanecen abajo.
Los muchachos han tenido que irse
del sitio. En la boca del pasillo contiguo, el viejo Santiago parece
contemplarlos; pero mira y no ve. Está ensimismado en sus
pensamientos, como buscando aliento para encontrar su niño; el nieto
desaparecido días atrás.
Son las dos y tantas de la tarde
del jueves 21 de julio de 1994.
El melenudo no demora, y baja en
compañía de su hermano; ambos se acercan al viejo vestidos del mismo
uniforme color beige con trabillas en los hombros. El primero con
voz entrecortada le dice:
—Quiero hablar contigo.
Todos en fila india caminan por el pasillo hasta donde vive Santiago
en el fondo. Entran al comedor y se sientan a conversar a la mesa.
Apenas habían intercambiado palabra alguna cuando el melenudo se
pone de pie; alza su camisa por encima de la cintura y se tuerce de
lado rotando en ambos sentidos y dice:
—Mira estoy desarmado -apaga su voz un instante como para tragar en
seco y agrega:
—Vengo a que me mates.
El viejo Santiago, un tanto perplejo por la inesperada conducta,
lleva su mano a la cabeza, tal vez buscando despejarla de malos
presagios y le responde:
—Siéntate Jesucito... siéntate. A ver, ¿qué es lo que hay?
El hombre de treinta y no sé cuántos años le tiemblan las manos y se
ha orinado en los pantalones.
—Por ahí están diciendo... una mujer por Radio Martí dijo que yo
hundí el barco. Jesucito hace una pausa breve y prosigue: Yo no tuve
que ver en eso; la culpa no es mía. Yo cumplía órdenes, cumplía
órdenes. Te lo juro. La frase queda aleteando en el aire.
—Pero mi hijo Tinguino me dijo que tú estabas temprano aquí ese día,
inclusive, que te había visto como a las siete de la mañana...
¿Puede ser? indaga Santiago.
—Sí, porque me trajeron casi amaneciendo responde Jesucito mientras
pela de uñas sus largos dedos con los dientes. Esa noche yo no
pensaba ir a trabajar, pero me llamaron del trabajo diciendo que,
sin falta, tenía que estar allí a las nueve, porque había un
Operativo. Entonces me fui. -Termina diciendo.
—Pero ven acá muchacho. Tú conoces muy bien a mi niño. Y mi niño iba
atrás en la popa con su madre. No me vengas a decir que no los
viste, con esos reflectores que ponían la noche como el día. ¡Coño
chico!. No pudiste... no sé, encerrarlos, cogerlos presos, en vez de
hacer lo que hiciste —reclama Santiago en tono más severo que al
principio.
—La gente dice que yo hundí el trece con mi barco y no es así.
Déjame explicarte: Yo estaba anclado de Guardia y de pronto me
avisan, Jesús dale que se te va el trece. Yo salí les prendí las
luces, y les pasé adelante por la garita. Hice señas con las luces
para que pararan, pero no eché agua. Me atravesé delante y el
capitán del trece me chocó. Dije: ¡eh! este tipo está loco y me
despegué. A mi me echan la culpa, pero yo me mantuve todo el tiempo
delante. -Asegura Jesucito.
—Oye viejo... por qué no los detuviste en El Morro si tú tenías una
máquina más potente. Y no eras tú solo habían otros más. ¿Por qué no
los detuvieron? Insiste Santiago, como buscando una respuesta de
alivio a su dolor.
—Yo no podía detenerlos Santiago. Iba en contra de las leyes. Corría
el riesgo de perder mi salario... mi trabajo de patrón de Polargo.
Con eso voy escapando. Yo soy un bisnero como otro cualquiera; no
soy revolucionario ni nada de eso. Además, yo tengo un hijo grande
que está loco por irse del país. ¡A mí me mandaron a hacer eso!
Afirma Jesucito.
Parece que todo está a punto de finalizar. Santiago se levanta,
camina lento a la cocina, abre la gaveta del estante y saca un
cuchillo grande; el mismo que usa a menudo para matar puercos. Lo
toma con su mano asido con los dedos por la parte del mango y lo
sacude enfilándolo hacia el techo.
—Esto que ves aquí se lo dejamos al tiempo —exclama Santiago a
manera de promesa.
Jesucito palidece y con voz tartamudeante trata de sofocar el
agitado instante.
—Les... tiré salvavidas a setenta metros. Tenía miedo que me
abordaran el barco.
—¿Tú sabes lo que son setenta metros?. Parece que tú no sabes lo que
son setenta metros. Sentencia Santiago.
Martha, la mujer de Santiago llega inesperadamente. Se ve indignada,
y algo descompuesta se dirige a los presentes:
—Bueno, bueno... ya esto se acabó y más nada. Arriba, arriba. Ella
temía que su hijo Leonardo; un mulo de violento, entrara en esos
momentos y convirtiera aquel comedor en escenario de cruenta
batalla; donde, naturalmente, a Jesucito le habría correspondido lo
peor.
Aquellos hombres se levantaron sin objetar nada y caminaron dando
tumbos hasta la sala. No hubo despedidas; el silencio se apropió de
todos. Cuando salieron un fuerte tirón cerró la puerta como para
sellar de un portazo aquel encuentro con el malvado.
A Jesús Martínez, alias el héroe, patrón del Polargo 5 se le
atribuye la máxima responsabilidad del hundimiento del remolcador 13
de marzo donde treinta y siete personas perecieran ahogadas; niños
una buena parte.
Santiago Gutiérrez, protagonista principal de este encuentro es
abuelo de Juan Mario Gutiérrez García, niño de diez años
desaparecido en el suceso.
“No es de cubano vivir como el chacal en la jaula dándole vueltas al
odio.”
José Martí
(Esta información fue dada a Net for Cuba International por Jorge
A. García, quien perdió 14 familiares ese día)
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