|
WILLIAM NAVARRETE
San José
de Costa Rica: los pilares culturales de la paz
El Nuevo Herald, 4 de septiembre de 2005
San José es todavía una ciudad apacible, a pesar de que en otros tiempos lo
fuera mucho más. Quien llegue a esta capital proveniente de otras grandes
ciudades del orbe tendrá la impresión de hallarse en eso que se suele llamar
una ''ciudad de provincia''. Y tal vez ello se deba a que San José, por la
inestabilidad sísmica del área en que se encuentra, no ha podido crecer en
altura, lo cual, por otra parte le permite conservar la dimensión humana que
en otras partes del mundo se ha perdido para siempre.
Desde hace mucho tiempo me preguntaba en qué lugar del planeta podría
hallarse lo que por decantación de conceptos pudiéramos llamar el ''Segundo
Mundo''. Sabido es que los franceses han sido desde siempre excelentes
inventores de ideas y etiquetas, y que a ellos les debemos el misterioso
concepto de Tercer Mundo para significar aquellos países de frágiles
realidades socioeconómicas. De ello se ha inferido que el Primer Mundo
corresponde entonces a las sociedades de gran desarrollo económico y
político. Sin embargo, pocos países se hallan verdaderamente en una posición
intermedia en que un esfuerzo real los encamine hacia notables mejorías en
estos ámbitos.
También creo, después de haber visitado Costa Rica, que de este modelo
--inusual en el contexto latinoamericano--, se inspiran pocos. Porque sabido
es que a los guerrilleritos, a los líderes de pacotilla, a los aprendices de
dictadores, les conviene más conducir a sus pueblos hacia la falsa ilusión
de la justicia social por la vía disimulada del totalitarismo populista o
del neofascismo que inspirarse de un modelo en que el Ejército no tenga
razón de ser y en el que la riqueza esencial del país: los campos y su
agricultura, denoten una prosperidad que haría palidecer de envidia incluso
a países europeos.
Pero el turista no irá a Costa Rica buscando entender su modelo social
porque el turista suele venir del Primer Mundo y necesita descansar del
ritmo de trabajo de todo un año. Pero tal vez decida una estancia en este
país pensando más que todo en sus innegables bellezas naturales, sus
reservas ecológicas, volcanes y otros oasis de verdor y paz. Sin embargo, la
imagen de marca de una ecología saludable que el país ha sabido, con razón,
exportar, puede ocultar otras facetas que a mi juicio son el verdadero pilar
de su identidad.
Para ello San José ofrece tres instituciones culturales de un valor
extraordinario para entender la evolución del país hacia la bonanza
contemporánea. Estas son: el Museo del Jade, el Museo de Oro y el de
Historia Nacional.
El primero de ellos, el del Jade, es único en su tipo y el más importante de
este género en América. Se halla en el onceno piso del edificio del
Instituto Nacional de Seguros. Además de una excelente vista sobre la
capital y los volcanes Poás e Irazú, sus salas atesoran una vasta colección
de objetos concebidos a partir de este material.
Desprovista de yacimientos significativos de metales o materiales preciosos,
Costa Rica obtuvo estos objetos ornamentales o litúrgicos que exhibe el
museo, gracias a intercambios comerciales o trueques de sus habitantes
precolombinos con diferentes etnias del istmo centroamericano. A la
excelente puesta en valor de la traslúcida belleza del jade, el museo añade
una excelente didáctica del origen de las relaciones económicas entre los
primeros pobladores de la región y demás grupos étnicos.
El segundo museo, el del Oro, forma parte del complejo de la Fundación del
Banco Central. En el corazón de San José, a pocos metros del Teatro
Nacional, las salas del mismo ofrecen una sucesión cronológica de objetos
decorativos y religiosos moldeados finamente en el precioso metal.
Pendientes de formas zoomorfas, cascabeles, ornamentos laminados (discos,
pectorales y diademas), efigies y escudillas, forman parte de la admirable
colección, que exhibe también una reconstitución del hábitat natural y de la
vivienda precolombina, así como un acercamiento didáctico al universo del
chamán como guía espiritual y religioso de la comunidad.
La tercera y última institución cultural es el Museo de Historia Nacional,
establecido en el antiguo cuartel de Bellavista. Una de las fachadas del
edificio conserva las huellas de los impactos de balas durante la guerra
civil de 1948, en que las fuerzas democráticas encabezadas por José Figueres
impidieron que el presidente Teodoro Picardo instaurara un régimen
dictatorial. Los costarricenses han conservado las marcas de proyectiles en
lo que llaman el ''Muro de la Vergüenza'' para que las generaciones
venideras no olviden la fragilidad de la democracia.
Alrededor de un patio de abundante vegetación, las salas del Museo de
Historia Nacional ofrecen un recorrido por las etapas cruciales de la vida
de la nación: las tribus precolombinas, la llegada del conquistador Vázquez
de Coronado, la introducción del café proveniente de Cuba, la inmigración de
mano de obra jamaicana y haitiana, la implantación de la United Fruit
Company como motor económico de la región y la propia guerra civil de 1948
de la que la democracia salió fortalecida con una nueva Constitución que
impide la reelección presidencial, abolió el Ejército, nacionalizó la Banca,
dio derecho al voto a mujeres y negros y, prohibió, hasta el día de hoy, la
legalización de partidos comunistas y sindicatos asociados al mismo, a la
vez que perfeccionó el sistema de seguridad social.
Para el visitante que busque algo más que el reposo saludable en una paraíso
natural, San José y sus instituciones culturales les ofrecerá el no menos
saludable reposo de la historia de un país que es sinónimo de prosperidad,
democracia y paz.
Back
|
|