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WILLIAM NAVARRETE
La pandilla de Banes
La Torre del Virrey
Revista de Estudios Culturales.
Edición impresa n° 2 / Invierno
2006-2007
Portal :
www.latorredelvirrey.es
William Navarrete
Mi familia paterna es de Banes. Yo
mismo, aunque crecí y me eduqué en
La Habana, nací en este pueblo de la
costa norte oriental de Cuba. Un
pueblo joven si se considera que
habiendo sido el asentamiento
aborigen precolombino más importante
de la Isla (cacicazgo Baní), la
primera hacienda que se fundó, en lo
que luego sería la ciudad, data tan
sólo de 1881. Dicha hacienda había
sido desde 1758 un realengo que
desde ese año hasta la fecha
mencionada cambió de propietario
unas ocho veces.
En 1887 la Hacienda, después de
haber pertenecido a Domingo Marange,
pasó a manos de los hermanos Dumois
Gesse, Juan Cárdenas Alberthy y
Delfín Pupo de la Cruz, más conocido
como "El Patriarca de Potrerillo".
Fueron ellos los fundadores de la
empresa que permitiría el fomento
del pueblo: la Frutera Dumois y Cia,
especializada en los cultivos de
bananas, naranjas, limones y piñas.
La segunda guerra de independencia
cubana (1895-1898) primero, y la
implantación de grandes extensiones
de caña de azúcar, así como la
construcción, en 1899, del Central
Boston por la United Fruit Company (UFC)
en el llamado Cayo Macabí, después,
terminaron absorbiendo la empresa de
los Dumois que no tardó en vender
las tierras de sus latifundios a la
gran compañía norteamericana en
plena expansión.
En ese contexto, pocos años después
(1901) nace en Veguitas, una
barriada periférica de Banes,
Fulgencio Batista Zaldívar, figura
política y militar de Cuba quien
fuera, antes de Fidel Castro, el
personaje que mayor poder real
acumulara en la Isla y de seguras,
por ello también y al igual que éste,
el personaje más polémico de la
historia del país.
Probablemente la parte más oscura de
la historia de Cuba sea la década
que antecede al triunfo de la
revolución de 1959. Lo es porque el
historiador cubano que ha ahondado
en el período se ha visto o se ha
creído en la obligación de situarse
en un terreno casi baldío que le
ofrece sólo disyuntivas: o Fulgencio
Batista fue la causa de la
instauración de la mucho más larga y
traumática dictadura castrista
actual o, simplemente, el golpe de
Estado de 1952 que lo llevara por
segunda vez al poder había sido la
consecuencia de un malestar y apatía
políticas inherentes a la joven vida
republicana cubana. Evidentemente
ambas disyuntivas aunque
parcializadas ofrecen perspectivas
de mayor peso que la historiografía
inverosímil y simplona engendrada
por la propaganda feroz del
castrismo contra el período que se
anuncia.
Siendo a mi juicio la década de 1950
capital para el entendimiento del
siglo XX cubano en su totalidad, me
entusiasmó la idea que anima al
filósofo cubano Emilio Ichikawa a
desentrañar, ofreciendo tribuna a
los actores directos del momento –y
en el caso de esta entrevista, a
Rubén Batista Godínez, primogénito
de Fulgencio Batista– para que los
cubanos y quienes se interesen en
los estudios culturales referentes a
Cuba, comencemos, sin prejuicios, a
establecer pautas para una mejor
comprensión de nuestra atormentada
historia.
Desde hace algún tiempo, Emilio
Ichikawa intenta explorar la
geografía sociopolítica de Cuba
despejando áreas hasta ahora
desconocidas. Es el caso –lo hemos
evocado durante algunos encuentros–
de los nexos regionales y
genético-patriarcales entendidos
como fundamento de alianzas de tipo
clánicas que han incidido, poco
importa si favorablemente o no, en
el decursar de la historia cubana. A
la familia santiaguera de los
generales de las guerra de
independencias y a la camagüeyana de
patriotas de rancio abolengo de
finales del siglo XIX, corresponden
en el siglo XX el clan villaclareño
de Machado y sus seguidores, así
como el clan holguinero que desde el
fin del machadato (1933) hasta
nuestros días ha definido realmente
la vida política de la Isla, e
incluso, en cierta medida, la del
exilio.
Ignoro en qué medida el accidente
económico de la implantación al
oeste de Holguín de la UFC influyó
en perfilar rasgos psicológicos
comunes en individuos que
perteneciendo a la "pandilla"
holguinera lograron, en ocasiones
aliándose, en otras repeliéndose,
decidir el destino contemporáneo de
la nación. Tal suposición obligaría
a un estudio pormenorizado de
indicadores que la estrechez de esta
nota preliminar excluye. En todo
caso no cabe dudas que la "Yunai",
como suele evocarla la fonética
hispanofónica del Caribe, mereció
por su fundamento operacional la
apelación socarrona, de parte de
cierta crítica occidental, de "República
Bananera" para aquellas áreas
geográficas de América Latina
marcadas por su influencia. En
importancia, a las inversiones de la
UFC en Cuba seguían, en el orden
siguiente, los enclaves de la
compañía en Honduras, Colombia,
Costa Rica, Guatemala, Panamá y
Jamaica.
Decir "Yunai" equivalía a evocar
tensiones sociales que no ignoran
hoy los estudios económicos que
conciernen a la región. La compañía,
que era fuente de trabajo y riqueza,
había crecido, en ocasiones, sobre
un polvorín de extorsiones que
provocaron el resentimiento de no
pocos propietarios de tierras. Para
que se tenga una idea deseo evocar
el litigio al que conllevó la
instalación del Central Boston en
las tierras banenses del Cayo
Macabí. Dicho "cayo" –que no era
tal, sino un islote en la bahía de
Banes unido a la tierra firme por un
terraplén que se construyó para
estos fines– pertenecía al
alicantino Bartolomé López Sastre
cuya concesión obtuvo del gobierno
español en 1890 siendo vecino del
pueblo de Gibara. Bartolomé, que
trabajaba como práctico en el puerto
de Vita, había casado con Cecilia
González Zaldívar. Tres hermanas de
esta última habían casado con tres
hermanos Pupo de la Cruz, uno de
ellos el ya mencionado "Patriarca de
Potrerillo", fundador de Banes, de
profundo arraigo en la historia del
poblamiento colonial de Holguín. Uno
de los hijos de Bartolomé, el
gibareño Matías López González,
emprendió las reclamaciones legales
en 1925 para recibir las
indemnizaciones necesarias por el
expolio de aquella tierra. El
mencionado Matías era tío por línea
paterna de Guillermo Cabrera López,
el padre del célebre escritor cubano
Guillermo Cabrera Infante.
Tal vez resulte de interés que
evoque mi profundo desconcierto
cuando en 1988, en pos de unas
pesquisas genealógicas sobre la
región, visité al padre del escritor
en su pequeño apartamento sito a
proximidad de la funeraria Rivero,
en El Vedado. En aquella ocasión, a
sabiendas de que sus dos hijos (el
mencionado Guillermo y el cineasta
Sabá) eran por así decirlo enemigos
acérrimos del régimen castrista, el
viejo Guillermo que había obtenido
autorización para visitar al primero
en Londres, me habló con tanta rabia
de los norteamericanos que por
momentos creí que estaba cubriéndose
en caso de que creyera que, con mis
escasos veinte años, podría ser
algún informante al servicio del
gobierno. Sólo con el tiempo y luego
de haber entendido las relaciones
contrastantes de odio y afecto que
inspiraba la UFC y el capital
norteamericano en la Isla, comprendí
que el nacionalismo cubano tenía
bases más profundas en la economía
de tipo patriarcal que había
afectado que en el plano cultural
propiamente dicho. El tema merecería
una exploración concienzuda.
Y es que decir UFC significaba
también connotar una infraestructura
propia al consorcio norteamericano:
hospitales, colegios, sociedades de
recreo, deportes, urbanismo y
templos religiosos que marcaron
profundamente las poblaciones
caribeñas en que se establecía y que
resultaban de aceptación y beneficio
para la ciudadanía cubana. En el
caso específico de la región
holguinera donde creció Fulgencio
Batista, los protestantes reformados
comúnmente llamados "cuáqueros" (o
"amigos") predicaban la doctrina del
esfuerzo, del trabajo honesto, de la
búsqueda interior y personal de la
verdad. Y para ello ponían a
disposición de los hijos de sus
asalariados braceros instituciones
de enseñanza como el caso de la
banense llamada "Los Amigos",
colegio donde Batista recibió los
rudimentos de la instrucción como
becado del plan nocturno y al que
siendo ya Presidente de Cuba
estimuló con subvenciones para la
culminación de su construcción y la
realización de un auténtico complejo
consagrado a la educación.
Curiosamente, unos de los rasgos
distintivos de la prédica cuáquera
era (y es) justamente el pacifismo a
ultranza y la negativa absoluta de
empuñar armas. De ello se
sobrentiende que la impronta
cultural de la UFC se asimilaba de
forma elástica por la población,
como suele suceder en una cultura de
múltiples sedimentos y adecuaciones
como la cubana.
Lo cierto es –y hacia ese punto se
dirigen la prospección de Ichikawa–
que desde Mayarí hasta el puerto de
Gibara, pasando por Nicaro, Antilla,
Banes, Cueto y otras localidades de
esta región del Oriente cubano, la
UFC permitió, en una sociedad como
la holguinera, en que prevalecía el
rezago colonial de pertenencia a las
familias fundadoras de los
diferentes hatos y comarcas, que los
menos afortunados superaran, según
sus capacidades, las limitaciones
impuestas por la herencia cultural.
Pudo haber sido éste el caso de
Batista, no así el ejemplo citado de
los Cabrera López ni el de los
Castro en Birán.
Si se observa, por otra parte, el
número de banenses que ocuparon
cargos de relevancia política
durante el primer o segundo mandato
de Fulgencio Batista se entenderá
que ello no podría emanar de un
favoritismo hacia los coterráneos,
por relaciones de simple vecinería,
sino por razones más profundas y de
necesario estudio. Banenses eran
Rafael J. Díaz-Balart –quien fuera
asesor jurídico de la división Banes
de la UFC y luego Ministro de
Transporte (1952), Representante a
la Cámara (1954) y Senador (1958)–,
así como sus hijos Rafael
Díaz-Balart Gutiérrez, Subsecretario
de Gobernación y Frank Díaz-Balart
Gutiérrez (Director de Rentas e
Impuestos en el Ministerio de
Hacienda). Banense también era
Gastón Baquero, poeta de renombre,
jefe de Redacción en el Diario de la
Marina (el más prestigioso de Cuba)
y miembro del Consejo Consultativo
creado por Batista tras el golpe del
10 de marzo de 1952. De Banes venían
igualmente Eduardo Dumois Cárdenas
(Consejero Consultativo en 1952,
después de haber sido Alcalde de San
José de las Lajas a partir de 1952);
Pedro Díaz Carballosa (alto
ejecutivo del Ministerio de
Hacienda); Concha Guzmán (con
importante cargo directivo en el
Ministerio de Educación); Zoila
Mulet Proenza (Ministra de
Instrucción Pública a partir de
1954) y su esposo Aurelio Fernández
Concheso quien, aunque no era
banense, sí ocupó los cargos de
Secretario de la Presidencia durante
parte del primer gobierno de Batista
(1940-1944), embajador en Washington
en 1941 y primer Ministro cubano en
Moscú para las recién estrenadas
relaciones diplomáticas entre Cuba y
la URSS que estableciera Batista el
17 de octubre de 1942. A la familia
banense cabe añadir los nombres de
Hermelindo y Francisco Rubén Batista
y Zaldívar, hermanos de Fulgencio,
el primero Representante en la
Cámara por la provincia de Pinar del
Río y el segundo Alcalde de Marianao
y luego Gobernador de La Habana en
1954 y 1958.
Sin ánimo de establecer paralelos
cabría apuntar que la estructura de
poder de Fidel Castro mantiene
también a un hermano en la alta
cúpula de la gobernación (Raúl) y a
otro consagrado a planes de genética
vacuna en la llanura habanera
(Ramón). El Ministro de la Educación
Superior del gobierno castrista y
general de brigada, Fernando Vecino
Alegret, nació en Banes y estudió
también en el colegio cuáquero de
Los Amigos, al igual que otro de los
militares de alta jerarquía del
gobierno cubano actual, el general
de división Ramón Pardo Guerra. Al
padre del primero, Fernando Vecino
Pérez, presidente del Club Banes
(sociedad recreativa de la burguesía
local) Fulgencio Batista ofreció el
subsidio necesario para la
terminación de las obras de la
institución que presidía.
De modo que, leer esta entrevista a
Rubén Batista Godínez, a casi medio
siglo de la sulfurosa década de los
cincuenta en Cuba, puede significar
un acercamiento a una parte de la
historia que necesita ser abordada
desde el ángulo esclarecedor de los
Estudios Culturales. De ello se
trata y a ello se encamina la labor
de Emilio Ichikawa que sospecha,
sabiamente, que las bases del
descalabro cubano en materia de
política se encuentran con más
facilidad en el salón de casa, en el
huerto o en la cocina que en la
palestra pública a la que siempre
los cubanos han deseado aspirar.
Ver:
Emilio Ichikawa : Entrevista al Sr.
Fulgencio Rubén Batista Godínez
www.latorredelvirrey.es
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