Ramón Alejandro: el
vimana de la existencia
Catálogo Exposición enero-febrero,
2007, Galería Latin Art Core, Miami
Ciertos textos de la
India antigua escritos en sánscrito
dieron fe de la existencia de los
vimanas, curiosos artefactos que
surcaban el aire. Sus tripulantes –
hombres y dioses, semihombres y
semidioses –, utilizaban la energía
natural de determinados puntos del
planeta, los chakras (equivalentes a
los que, según el hinduísmo, aloja
el cuerpo), para propulsar sus
asombrosas máquinas. Dichos chakras
se hallaban en topgrafías naturales
(ríos, montañas, valles, ...) y en
ellos se nutrían los vimanas. En el
Ramayana
– también en el
Mahabarata
y en el
Yajurveda
– los hombres podían valerse de
estas máquinas para recorrer grandes
distancias en un tiempo
sorprendentemente corto.
Sobre la geografía de
La Habana, reconocible en la forma
de su bahía que insinúa tres puntas
de una estrella, insignificante en
medio del Cosmos, telúrica y
marítima a la vez, poderosamente
humana, un artefacto legendario (El
objeto de uso múltiple)
circunda el espacio. Su conceptor,
Ramón Alejandro, habita su propia
cosmología: un orden radical de
ubicuidad que le permite, sea desde
la tierra, sea desde el aire –
siempre desde su vimana –,
entrelazar la experiencia acumulada
por los hombres, que es la herencia
de su pasado cultural, y la
perspectiva de un mundo incierto que
aún no hemos conquistado y que
probablemente no conquistaremos
jamás.
Esta visión
abarcadora, unido al gesto, preciso
y grandioso a la vez, al escudriñar
y estampar la condición humana en
medio de la engañosa realidad,
permite exponer ahora, al mismo
tiempo, obras realizadas por el
pintor en lugares y circunstancias
diferentes. De ellas,
Ce n'est pas du Louis XV
y
El virginal,
dos lienzos concebidos a finales de
los sesenta en París, constituyen el
precedente de ese vuelo, que desde
el inicio de su carrera, Ramón
Alejandro emprende sin cesar. Como
si para haberse lanzado en la
búsqueda de lo desconocido hubiese
descubierto de antemano la necesidad
de una máquina que, en algunas
ocasiones, le sirve de coraza ante
las zonas de su existencia pobladas
de dolor, y en otras, de instrumento
para llegar veloz a los espacios en
donde reinan los sentimientos
generados por el gozo y el placer.
Ramón Alejandro, tal
vez muy a pesar de él, no abandona
nunca su propio vimana: o lo habita
para mirar serenamente el mundo
desde él (La
medida del horizonte)
o contempla desde fuera cómo su
artefacto se aleja mientras se
debate en la angustia de querer
hacerlo volver (La
fuga).
Por ello, su pintura rehúye los
espacios cerrados. Semejante
libertad le permite mostrar con
obsesión la curvatura de la Tierra,
el firmamento, la perspectiva de un
paisaje inmutable que puede
achicarse en la redondez invisible
de nuestro horizonte o
hipertrofiarse en gigantez cuando él
mismo lo tiene, como sus frutas de
placer, al alcance de la mano. En
ese paisaje de suma elasticidad,
similar al que se viera desde un
objeto de vuelo fulgurante, se
hipertrofian las frutas que
aparentan desprenderse de la tierra
para ser ellas (y no el hombre)
quienes hinquen primero sus masas
pulposas antes de que sean devoradas.
Frutas que adelantan sus carnes en
una simulación de inocencia que
recuerda la frescura con que se
ofrece un cuerpo que finge recato e
indiferencia. Más que un concepto,
la pintura del artista atesora una
filosofía que es, en sí misma, un
manual de sobrevivencia: el del
equilibrio perfecto que nos
impediría sucumbir ante el deseo
teniendo siempre lista nuestra
máquina de vuelo.
Aún cuando Ramón
Alejandro representa escenas en que
las relaciones humanas se vuelven
vertiginosas, lacerantes, caóticas (Ahora
es cuando es);
o escenas en que el miedo cunde con
sus visiones demoníacas (Las
dos abuelas);
o en las que el hombre exhibe la
bestialidad de su condición natural
y los frutos la voracidad con que se
entregan (El
pájaro),
el artista no renuncia al movimiento
perpetuo que sus búsquedas e
inteligencia exigen.
Quienes creen que el
ojo agudo del pintor – tantas veces
manifiesto (y elogiado) en la
perfección con que asume detalles a
simple vista insignificantes –
demuestra la refexión sosegada de
los fenómenos y relaciones visibles
(e invisibles), se equivocan. Más
justo sería decir que se detiene
sólo el tiempo necesario para
comprobar sus certezas, e incluso
exponer sus dudas, y ofrecérnoslas
todas, certezas y dudas, como se
compartiría un relato de viaje
frente a un quórum cariacontecido.
En estas condiciones, el ciclo
permanente en que evoluciona el
pintor adquiere forma esférica. Se
cierra y se abre infinitamente,
enriquecido cada vez que se completa,
introduciendo en él alguna anécdota,
tal vez un novedoso elemento, pero
redundando siempre el delicioso
misterio de la vida como único y
válido argumento.
Lo que se expone
mediante esta serie de óleos y
dibujos de diferentes momentos de un
mismo viaje, corresponde al ciclo
mayor de la vida y obra del pintor.
Un viaje circular es también, por
momentos, ascendente y lineal,
descendente y puntual según la
perspectiva de donde se vea. Por eso,
el tiempo en la obra de Ramón
Alejandro resulta indefinido. Esté
donde esté la nave de ese viaje, ha
habido y habrá siempre una geografía
diminuta que la propulsa. Una
geografía real que es su fuente de
energía. Un escenario concreto cuya
visión parece fugaz de tanto que
mella su existencia. Hállese el
pintor dentro o fuera – nunca tan
lejos como para que le perdamos de
vista –, los órdenes racional y
caótico que interpreta se
entremezclan para ofrecer, en
cualquier circunstancia, el
paradigma de la belleza a la que
nunca renuncia.
Entre cielo y tierra,
el chakra de su vimana, esa máquina
intemporal de todos y cada uno de
sus ciclos, del ciclo mayor que
concibe la vida, es, no cabe ya
ninguna duda, La Habana.
París, enero 2007. |