Carlos Acosta: el salto de una
estrella
El Nuevo Herald - 27 de mayo de 2006
En el prestigioso escenario de la Royal Opera House
de Londres, baila, desde el 2003, en calidad de
artista invitado del Royal Ballet de la capital
británica, el bailarín cubano Carlos Acosta (La
Habana, 1973).
No son pocos los críticos del género que consideran
a Acosta entre las grandes estrellas masculinas del
momento. Desde que ganara, en 1990, la Medalla de
oro en el Concurso Internacional de Danza de París,
y, al año siguiente idéntica presea en el de Lausana,
Suiza, la carrera ascendente del bailarín no cesa de
aportarle considerables éxitos.
En 1993, entra, como bailarín principal, en el
Huston Ballet para incorporarse, años después, en
1998, a la compañía de la que es hoy una de sus
principales figuras. Su vasto repertorio (ha bailado
un sinnúmero de ballets, entre los que se destacan
Cascanueces, Don Quijote, El lago de los cisnes, La
fille mal gardée, El corsario, El hijo pródigo,
entre otros), por una parte, y las múltiples
prestaciones, como la del American Ballet Theatre
(2002-2003) y la del Ballet de la Ópera Nacional de
París, en 2004, lo sitúan en situación muy
privilegiada con respecto a otros bailarines salidos
de la Escuela Cubana de Ballet.
Recientemente, en la temporada de primavera del
Ballet de la Ópera de París, Carlos Acosta volvió a
ser el artista invitado para interpretar, esta vez,
el protagónico masculino (Solor) en el bellísimo
ballet La Bayadera, de Rudolf Noureev. Los que
tuvimos la oportunidad de presenciar su brillante
prestación pudimos observar a un bailarín en plena
expasión y madurez.
A decir de la crítica de ballet Isis Armenteros-Wirth
"a pesar de la pujanza y cerrada competitividad en
el ámbito del ballet interpretado por hombres,
Acosta parece reinar por encima de todos". Y apunta
también Armenteros-Wirth que ello se debe, en gran
medida, a la enorme capacidad de "ballon" del
bailarín, al virtuosismo de sus giros, a la
precisión, limpieza y estilo con que exhibe su
técnica, así como al ímpetu y la capacidad de
riesgos que sabe tomar y enfrenta cuando se halla
sobre las tablas.
De condiciones físicas excepcionales, Carlos Acosta,
incursiona también en la coreografía. A estos
efectos ha creado su ballet Tocororo: a Cuban Tale
(2004), para el Sadler's Wells de Londres, y prepara
concienzudamente un libro que, adelanta, será la
historia del niño que creció en el seno de una
familia pobre de once hermanos en el suburbio
habanero de Los Pinos hasta su consagración
internacional en los escenarios más prestigiosos del
planeta.
Carlos Acosta ha señalado que en su caso, el papel
ejercido por su padre en su elección profesional fue
capital. Y que en realidad quería, de niño, ser
futbolista, idea que abandonó cuando su padre le
advirtiera que ser futbolista en Cuba significaba lo
mismo que torero en Noruega. Aún así, reticente ante
el consejo paterno, ofreció resistencia y fue el
propio padre quien tirándolo de las orejas lo llevó
a los exámenes de ingreso de la Escuela Cubana de
Ballet. Carlos ha contado que, cuando la respuesta
de la selección en su favor llegó a su casa, fue el
peor día de su vida.
Carismático y muy profesional, el bailarín cubano ha
tenido la recompesa de ser el único bailarín
latinoamericano al que el Ballet de la Ópera de
París, el mejor y más elitista del mundo, invita
para dos temporadas consecutivas. La ovación, larga
y cerrada, de la sala de la Ópera Bastilla, después
de sus dos presentaciones recientes en La Bayadera,
explican la aceptación absoluta de su interpretación
por parte del público de conocedores franceses,
notorio por su riguroso juicio y la exigencia de sus
gustos.
Del Solor, memorable y único, que allí interpretó
Carlos Acosta, ha quedado levitando para siempre, el
salto de la estrella, elevándose hasta lo
humanamente imposible, para trazar en el aire, como
una saeta sacada desde lo más profundo de su pasión,
su recorrido resplandeciente bajo la densa bóveda de
aplausos y el afecto severo del buen público.
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