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WILLIAM NAVARRETE


 

Berlín: secuelas de un muro
El Nuevo Herald - 14 de mayo de 2006

Todavía muchos mapas marcan con una línea discontinua el trazado del muro de Berlín, aquella mole de ladrillos, bajo las siempre vigilantes linternas del Este, que dividía, desde 1961, el año de su construcción, y 1989, el de su desmantelamiento definitivo, a la antigua (y ahora otra vez) capital de la Alemania unificada.

Aunque del muro no queden más, físicamente hablando, que pequeñas secciones y unos pedacillos que se venden por tres euros en cápsulas adosadas a tarjetas postales, o incluso, el puesto fronterizo (ahora turístico) del sector norteamericano, conocido como Checkpoint Charlie, su trascendencia es muy visible, mucho más allá de su desaparición, porque Berlín –no sabemos por cuánto tiempo todavía– continúa siendo, de alguna manera, dos ciudades material y espiritualmente diferentes.

El visitante que llega a Berlín y conoce, porque lo vivió, esos muros, a veces invisibles, que el totalitarismo levanta para ocultar a sus ciudadanos el horizonte, sentirá inmediatamente y sin necesidad de ubicarse en mapa alguno, cuándo está pisando tierra del Oeste y cuándo pasea por las calles de luces mortecinas del antiguo Este. Lo sentirá incluso bajo tierra, tan sólo tomar la línea U2 del metro desde el Oeste después de atravesar la estación de la Plaza Postdamer, cuando los túneles se vuelven más estrechos y donde apenas cabe, por tramos, una persona entre las paredes de la galería subterránea y el vagón de metro que avanza hacia el canal del Spree.

Lo sentirá también en el servicio, remolón y burocrático, de los establecimientos comerciales del Berlín socialista de antes; en la estética chata y burda del diseño soviético; en la desolación de las calles aledañas al Unter den Linden (Paseo bajo los Tilos), la elegante arteria de la Prusia Imperial que el muro separara de la Puerta de Branderburgo y en la que el edificio macizo e imponente de la embajada de la antigua URSS se elevaba para recordar al berlinés del Este que la bota del Imperio (en todo caso de otro Imperio) había continuado más allá del fin de la monarquía de los Hohenzollern. Sin hablar del urbanismo dislocado de la capital alemana y de la dificultad de situar un centro hacia el que confluya toda la ciudad, ya sea a un lado u otro de la misma.

Posiblemente ninguna ciudad europea halla sufrido como Berlín la depredación humana. Basta recordar que a la ascención del nacionalsocialismo e instauración del nazismo siguió la guerra, y a ésta, los bombardeos de los aliados, de los que muy pocos edificios quedaron en pie, para culminar con largas décadas de totalitarismo al Este y un muro separador de la ciudad, caso inédito en la historia del urbanismo occidental.

Sin embargo, Berlín renace a pasos agigantados y a pesar del muy lento despertar del inmovilismo psicológico y económico de los berlineses del Este comparado con la dinámica e inventiva de sus congéneres del Oeste. Ahí está, como símbolo de esa fusión que engrandece a la nueva Alemania, la plaza de Postdamer, terreno baldío donde reinaba el muro, ahora testigo de experimentos arquitectónicos futuristas, donde se erige el complejo de edificios del Arkaden que reúne 140 comercios, el complejo de 19 salas Cinemax y el Museo del Filme, portento museológico y homenaje muy logrado a un arte nacido con el siglo XX como lo es el cinematográfico. A este espacio quedan asociados los nombres de Renzo Piano, Helmut Jahn y Arata Isozaki, entre los arquitectos contemporáneos de más renombre. También el Sony Center, colosal espacio cercado por altas torres de acero y vidrio unidas por una cúpula en forma de tienda de campaña y al que el arquitecto Helmut Jahn integró el espacio suntuoso de la Kaisersaal, sala del legendario Gran Hotel de Berlín, única arquitectura sobreviente de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

También del otro lado de la Puerta de Branderburgo, en la Plaza de París, el Hotel Adlon, inaugurado por Guillermo II en 1907 y demolido en 1947, ha vuelto a levantarse, si no de manera idéntica al original al menos respetando el espíritu de los lujosos palacetes consagrados a la hotelería, tal vez para hacer palpable la voluntad de Berlín de avanzar hacia el futuro, y de rescatar, en la medida de lo posible, su pasado de interés histórico. A este tipo de criterio corresponde asimismo la cúpula panorámica en espiral de vidrio del célebre Reichstag, concebida por el arquitecto británico Sir Norman Foster, como solución de la pérdida de la cúpula neoclásica original del edificio del antiguo Parlamento alemán.

No faltan en Berlín los museos que reúnen importantes colecciones de arte clásico y moderno, ni tampoco las salas de conciertos entre las que sobresale, al pie del Kulturforum, la de la Filarmónica. Tampoco las exposiciones itinerantes que recorren las capitales europeas como es el caso de aquélla que se estrenara en el Grand-Palais de París bajo el nombre evocador de "Melancolía" y que ahora puede ser visitada en la Neue Nationalgalerie, edificio minimalista concebido por Mies Van der Rohe para el Berlín Oeste de después de la guerra y que acoge a su vez las grandes colecciones de pintura del siglo XX.

El pasado imperial está presente en el palacio de Charlottenburgo, construido por Federico III de Prusia en 1695 y cuyo nombre se debe a la reina Carlota Sofía que marcó con su presencia y gusto estético el edificio que puede contemplarse hoy. La impronta francesa en todo lo que atañe al Imperio se conserva en los diseños de parques y jardines inspirados en el Versalles de Le Nôtre y en la decoración y mobiliario de las salas. Y hasta los nostálgicos de la influencia alemana en el ámbito de la arqueología hallarán en las colecciones griegas y egipcias del Altes Museum (donde reside el famoso busto de Nefertitis) y del Pergamonmuseum (con su célebre Altar de Zeus en Pérgamo y la fiel reproducción de la puerta babilónica de Ishtar) suficiente material para viajar en el tiempo y en el espacio sin necesidad de ir más lejos.

Ciudad de mea culpas esta Berlín de nuestros tiempos que exhibe, de seguras para que el horror no quede olvidado y no vuelva a repetirse, el museo al aire libre Topographie des Terrors, a todo lo largo de la calle Prinz-Albrecht. En sus inmediaciones se instalaron los siniestros mandos del Tercer Reich (el Servicio de Seguridad, la Gestapo y la sede de la SS de Himmler). Al interior de sus muros se decidió la germanización de los pueblos conquistados y el genocidio judío. En 1987, en los sótanos que sirvieron de salas de torturas, se concibió una exposición de los crímenes nazis que dio pie a que el sitio siguiera creciendo y transformándose, paulatinamente, en un museo al aire libre al que no se ha colocado aún la última piedra.

A poca distancia del antiguo cuartel del Tercer Reich se halla el polémico Memorial a las víctimas del Holocausto, inaugurado en mayo del 2005 y compuesto de 2 711 bloques de hormigón gris. Su autor, el norteamericano Peter Eisenman, ha aclarado, dado las críticas recibidas, que aunque el memorial recuerde a un cementerio en realidad se trata de un campo de lápidas cúbicas, sin inscripciones, para que el visitante sienta la desorientación y angustia que vivieron los perseguidos de entonces.

Berlín es, independientemente del peso de su historia y de lo que de ella sobreviva todavía, una ciudad proyectada hacia el futuro que debe enfrentarse a sus propias contradicciones. Al visitarla el hombre contemporáneo puede comprobar cómo crece, sobre sus ruinas físicas y morales, una gran ciudad. El desafío impone al berlinés de hoy una catarsis absoluta con su pasado, a la vez que una estricta vigilancia de la conducta cívica de aquellos para los que estas secuelas, las de sucesivos muros, no se puedan superar.


 
 

 

 

 

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