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WILLIAM NAVARRETE
Orgullo occidental
El Nuevo Herald - 29 de enero de 2006
El pasado 16 de diciembre asistí a un foro
organizado en Valencia por el director de la
Editorial Aduana Vieja, Fabio Murrieta y la
presidenta de la Asociación Con Cuba en la
Distancia, Grace Piney Roche titulado "El agujero en
la valla". El tema del mismo, justamente el de la
inmigración masiva en Europa de africanos (norte y
subsaharianos) y las escasas posibilidades de
integrarlos en la cultura de Occidente, me parece
capital. En ese mismo foro Murrieta me extendió
Crónicas occidentales, una antología de
artículos de opinión publicados por el catedrático
sevillano Alfonso Lazo en la edición andaluza del
diario español El Mundo en los últimos cinco años y
que la editorial Aduana Vieja acababa de publicar.
Debo confesar que devoré los 92 artículos del libro
en una noche. Mi entusiasmo se debía a que por
primera veo en negro sobre blanco lo que muchos
pensamos en Europa y que pocos nos atrevemos a
decir. Y de ello, ante todo, la tesis fundamental
del libro: la defensa de la cultura Occidental, de
sus valores, sin complejos ni manipulaciones que es
lo que han venido haciendo lo que Lazo llama las
"progresías occidentales" siempre dispuestas a
flagelar nuestra cultura, a desangrarla
apostrofándola y a utilizar a grandes masas que a
fuerza de leerles (pues tienen además el poder
mediático) viven sumidas en una supina ignorancia de
la Historia y donde todo se resuelve echándole la
culpa al capitalismo, a la colonización y a los
norteamericanos.
Imposible abarcar todos los temas del libro, pero
veamos algunos ejemplos que más que tesis son
clarísimos enfoques de Lazo apoyados exclusivamente
en la verdadera Historia. Ahí está el artículo
"Negreros buenos y malos". Una joya. El autor
recuerda a las progresías que ahora pretenden hacer
del mea culpa de la esclavitud una pesadilla
occidental que, si bien Europa fue responsable del
tráfico de 11 millones de africanos hacia América,
las condiciones en que ese mismo tráfico fue llevado
a cabo por los musulmanes, a través del Sahara y
hasta Arabia y el Califato de Damasco, entre el 650
y 1920, eleva a 17 millones el número de infelices
capturados por "los rapiñeros del Islam. Bastaba con
que una caravana (lo cuenta el cónsul británico en
Bengasi en 1875) perdiera la orientación de pozos y
oasis para que cientos de esclavizados perecieran
bajo las dunas del implacable desierto. Sin contar
que, las condiciones de la travesía (a pie,
desclazos, desnudos bajo el hirviente sol y con sólo
una taza de agua y un puñado de maíz) provocó el
doble de víctimas con respecto a los esclavos
transportados por los europeos a través del
Atlántico.
Insiste Lazo, en que tales datos y cifras nunca
aparecen en los manuales escolares de Occidente,
siempre "tan exquisitamente correctos con culturas
diferentes a la nuestra". Como también recuerda que
la misma trata era propiciada por los propios
africanos que sometían a la esclavitud y vendían a
las etnias que iban, a punta de lanza, dominando.
El nacionalismo creciente en las autonomías
españolas es otro de los caballos de batalla del
catedrático. Sobre todo, el que ahora en Andalucía y
desde la propia Junta de gobierno pretende vender la
imagen de una Andalucía mora en donde convivían
felizmente las tres culturas, o sea, moros,
cristianos y judíos. Lazo lo aclara muy bien: las
fronteras de Al-Andalus, el territorio de expansión
musulmana en la península ibérica, no coincidió
nunca con el trazado actual de la región autónoma de
Andalucía. Pues dicho territorio se extendía en
ocasiones hasta la misma Barcelona y en otras
quedaba reducido al reino de Granada y sus
alrededores. O sea, que tan Al-Andalus fue Salamanca
en un momento como Cádiz en otro.
Y aquí aparece lo que considero un brillante memento
de Lazo: tres pueblos convivieron en ese territorio,
"pero sólo los musulmanes tenían plenos derechos,
mientras cristianos y judíos, situados en las
márgenes, eran tolerados, por los servicios que
prestaban y los impuestos especiales que pagaban".
Lazo recuerda, ahora que Europa se aplica en borrar
toda referencia al cristianismo histórico en su
Constitución, que el Islam nació como una "religión
intransigente". Y que "los llamados califas
perfectos, sucesores directos del Profeta,
conquistaron por la espada medio mundo". Y recuerda
que si los soberanos de Al-Andalus vivieron, en una
época, en el disfrute de la vida, no tardaron en ser
destronados por los almorávides, una secta islámica
rigorista que los asesinaron, ocuparon el territorio
y prohibieron todo debate filosófico además de que
obligaron a los judíos a convertirse al tiempo que
no dejaron a un sólo cristiano en la región de la
Andalucía actual. Almorávide en árabe significa "los
consagrados a Dios".
Pero la incongruencia (e idiotez) de las progresías
no tiene límites. Levantan manifestaciones contra la
presencia de bases norteamericanas en el territorio
español y claman, a su vez, porque Madrid reduzca al
máximo el presupuesto militar, así como el servicio
militar. A Rosa Regás, la escritora catalana siempre
a la cabeza de estas progresías, le responde cuando
la misma se preguntaba qué valor tendría la
democracia si miles de ciudadanos gritando en la
calle no contaban para que España se retirara de
Iraq: "La respuesta es muy fácil, querida señora, la
democracia no es la policía municipal contando
cabezas de manifestantes, la democracia cuenta
votos".
Creo que Lazo resume muy bien, en su artículo
"Jerusalén y Atenas", lo que para muchos, aunque lo
callen es una evidencia. Nos cuenta que paseando por
un parque sevillano se topó con un grupo de indios
navajos que celebraban al aire libre una ceremonia
religiosa. No tardó en descubrir que no eran navajos
sino simples sevillanos adeptos de una de esas
tantas tendencias que puso de moda el New Age.
Concuerda que lo que allí resultaba evidente era el
odio y repugnancia de aquellos congregados a la
cultura Occidental. Y recuerda que poco faltó para
que las progresías (esta vez en Estados Unidos)
condenaran al cadalso a investigadores serios
norteamericanos que revelaron que ciertas etnias
americanas (probablemente algunas de las que evocan
con nostalgia los convertidos del New Age)
practicaban el canibalismo. Sin contar la crueldad
con que dominaban a otros grupos y las barbaries que
cometían. De eso tampoco hablan nunca los manuales
de Occidente. Pero Lazo está consciente de su
orgullo de Occidental, una sociedad ni peor ni mejor
que las otras. Y en lo que a él respecta nos dice
que "en vísperas de Nochebuena y puesto a elegir,
prefiere la Misa del Gallo a los tambores del Gran
Manitú".
Alfonso Lazo,
Crónicas occidentales,
Ed. Aduana Vieja, Cádiz, 2005, 292 pp.
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