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WILLIAM NAVARRETE


 

¿París arde? Consideraciones sobre la violencia urbana en Francia
www.presslingua.com

He recibido no pocos mensajes de inquietud de parte de amigos en el exterior a raíz de los acontecimientos que desde hace más de diez días provocan desórdenes civiles en algunas municipalidades periféricas de grandes ciudades francesas.

La inquietud, no del todo infundada, ha sido en parte provocada por los titulares alarmistas y sensacionalistas de los medios de comunicación (incluidos los franceses) que necesitan vender noticias a toda costa y crear una expectativa paranoica con respecto al tema. Como muy bien ha apuntado Jacques Myard, diputado UMP y alcalde de Maisons-Laffite (una municipalidad de las afueras de París): "la prensa estimula la acción de los vándalos". Si alguna ventaja tuviera el lamentable papel de la prensa en este caso sería la de haber podido descansar por unos días, y hasta próximo aviso, de la gripe aviaria y los apocalípticos titulares al respecto.

No es menos cierto que el movimiento que en Francia se ha dado a conocer como "violencias urbanas", revela un profundo malestar en sectores de la población ante los cuales el modelo republicano de integración francés ha resultado un descalabro. Lo lamentable, y curioso a la vez, en este caso, es que los cabecillas de las revueltas no son los inmigrantes de la primera generación sino sus descendientes, nacidos y educados en el suelo francés, que aún ignorando otra lengua que no sea el francés argótico de los suburbios, rechazan el modelo cívico unitario de la República.

Sucede que parte de los inmigrantes de la primera generación, muchos provenientes de países del África nord y subsahariana, si bien no han logrado integrarse a la vida francesa tampoco se sentían ajenos a la misma por cuanto habían vivido o crecido en países que hasta hace aproximadamente cuatro décadas se encontraban bajo diferentes formas de administración francesa.

De este modo, la política que estimulaba la inmigración en los años sesenta era el fruto del enriquecimiento de la sociedad francesa proporcional al empobrecimiento y la incertidumbre política de las antiguas colonias y protectorados. Ante la pujanza económica de Francia, consecuencia del fin de la Segunda Guerra Mundial y la paulatina estabilidad política del país basada en un nacionalismo degaulliano a ultranza, la clase obrera francesa comenzó a decrecer. La solución inmediata fue, evidentemente, la "inyección" de mano de obra proveniente de los territorios que habían sido colonizados.

Las crisis económicas, los altibajos de la economía y la progresión consecuente del desempleo provocó que muchas familias de inmigrantes vivieran exclusivamente de las ayudas sociales, que, dicho sea de paso, propician los contribuyentes del país a través de elevados impuestos. Dichas ayudas aumentaban, y aumentan todavía, en la medida en que la familia se vuelve más numerosa: para muchas de estas familias la solución del vientre se convirtió en una fuente de ingreso seguro como solución inminente a sus problemas económicos.

Muy a menudo se suele comparar el modelo estadounidense de integración con el modelo europeo para achacar a este último fallas que no son visibles en el primero. Quienes establecen tales paralelos olvidan que Estados Unidos es un país esencialmente construido a partir de la inmigración mientras que Europa ha sido durante siglos un continente que "exportaba" mediante la colonización u otras formas de emigración el exceso de demografía o la mano de obra excedente según los períodos de crisis.

En este sentido habría que añadir que el fenómeno de la emigración hacia Europa es relativamente reciente si se considera que cuatro décadas antes eran los europeos quienes emigraban hacia otras latitudes en búsqueda de mejorías económicas. Con anterioridad, el flujo migratorio en Europa era un fenómeno intracontinental y el desplazamiento de grandes masas de población ocurría fundamentalmente entre países fronterizos. En este caso importantes éxodos de italianos, españoles y portugueses hacia Francia se produjeron durante el siglo XX y considerables oleadas migratorias llegaron también a Europa Occidental procedentes de los países al este de la cortina de hierro en tiempos de regímenes comunistas totalitarios.

Ahora bien, si miramos atentamente el fenómeno de las "violencias urbanas" desatado en Francia no resulta difícil observar que se ha producido una exacerbación de sentimientos opuestos a los valores de la República por parte de ciertos núcleos de población suburbana cuya media de edad oscila entre los 15 y 25 años. O sea, por parte de jóvenes de origen nord y subsahariano, nacidos en Francia: una minoría bien definida y definible que a diferencia de la generación precedente (la de sus padres) no recibe las "ayudas sociales" por haber nacido en suelo francés y haber recibido un determinado grado de escolarización (forzada) en las instituciones educacionales francesas.

El fenómeno ya era visible y para quienes vivimos en Francia no resulta sorprendente: hace apenas dos años, este mismo tipo de población había dado muestras de xenofobia antifrancesa durante un partido de fútbol amistoso entre Francia y Argelia celebrado el 6 de octubre de 2001. Allí, en el momento en que se entonaron las notas de La Marsellesa un coro numeroso de abucheadores integrado por los mismos que ahora siembran el pánico en las periferias, insultó públicamente el símbolo por excelencia de la República. En ese momento, la Ministra de la Juventud y el Deporte, la comunista Marie-Georges Buffet, así como los demás miembros de altas instancias políticas francesas presentes en el estadio miraron perplejos en dirección de las gradas. Todavía no se había puesto de moda recurrir a los imanes (los responsables de mezquitas) para lanzar llamados al orden, algo de que desde un tiempo hacia acá (recordemos los sucesos de Perpiñán entre gitanos y musulmanes) se ha vuelto una tendencia. Un poco como sucedía en la Alta Edad Media cuando las invasiones bárbaras azotaban a una población y que los ciudadanos de refugiaban bajo el manto religioso de sus obispos como consecuencia de la abdicación del poder público.

Sin embargo, bastaría con cuestionar a algunos de estos agitadores sobre los motivos de sus reivindicaciones para que nos percatemos de la ausencia de ideología y del poco fundamento de sus actos. De la  amalgama de sentimientos que les motivan sobresale, en ocasiones, la ostentación de ciertos valores familiares emanados de la religión islámica. El sentimiento de identidad que les une suele limitarse a la práctica de algunas fiestas rituales musulmanas (el Ramadán y el degollamiento del cordero o laïd) y a una obsesiva limitación de las libertades de los miembros femeninos de sus familias o del círculo de allegados para lo cual la vestimenta (el velo y la prohibición de llevar faldas), unido a una estricta vigilancia del mundo de relaciones de la mujer, son los únicos sobrevivientes primarios de la moral islámica que creen defender. En el caso de los no musulmanes (y en el de éstos también) la capucha que llevan algunas prendas deportivas se ha convertido en signo de reconocimiento entre individuos de una misma banda. En este caso las capuchas de marcas norteamericanas y de la francesa Lacoste (por antonomasia la marca de las clases más pudientes de los barrios ricos de París para las actividades sociales en los hipódromos) son, paradójicamente, las más codiciadas.

Prueba de la escasa coherencia de los desbordamientos que han protagonizado es que justamente han atentado ciegamente contra servicios públicos que el Estado ha puesto a disposición de las poblaciones en donde viven (autobuses, escuelas, almacenes). No han atacado los símbolos puntuales de la República, sino que han incendiado lo que han podido, desordenamente, y en los sitios en donde la ausencia de policías les facilitó la empresa. Además de degradar los lugares en que ellos mismos viven se han enfrentado a los poderes locales de sus municipalidades, en su mayoría, gobernadas por socialistas o comunistas, o sea, por los partidos de izquierda, que son sus propios elegidos.

Otra obsesión motiva a los revoltosos: el Ministro del Interior francés, Nicolás Sarkozy, y su demisión del cargo ministerial. Una exigencia de la que se ha hecho eco también la parte de racaille (término que utilizó Sarkozy para referirse a los vándalos y que significa "chusma") oportunista del Partido Socialista que intenta infructuosamente desde hace una década ganar terreno al UMP-UDP (partidos tradicionales de centro-derecha) al precio de anteponer incluso sus intereses políticos mezquinos al deber de representantes políticos de la República.

Evidentemente las medidas de saneamiento y de lucha contra la delicuencia y el tráfico de estupefacientes llevadas a cabo por Sarkozy con mucha eficacia, molestan a los vándalos. Poco les ha importado (y tal vez lo ignoran incluso) que Sarkozy sea el único Ministro francés descendiente de inmigrantes que ha llegado a tan alto cargo en la escala política. Tampoco les ha importado a los detractores socialistas de siempre, en tiempos de crisis, cerrar filas, por deber ciudadano, en torno al ministerio que garantiza el orden y la paz en los barrios lujosos en que ellos mismos viven. Y probablemente hayan olvidado también que a ellos (los socialistas) y a la miopía política con que han creído resolver los problemas sociales durante los períodos en que han gobernado, debemos en gran medida las aglomeraciones urbanas de bajos ingresos (llamadas cités en Francia) que proliferan como champiñones en las periferias urbanas francesas.

Entre tanto Europa observa con preocupación las revueltas que azotan a Francia. Los que conocen de historia europea no ignoran que muy a menudo lo que surge en Francia, y que los franceses suelen sobrepasar, termina por manifestarse en creces en otras latitudes. Y esto desde la revolución de 1792 hasta la Comuna y el famoso mayo de 1968.

París, tal y como anunciaba de forma sensacionalista el diario español El Mundo, no arde. De hecho sólo se han registrado hasta la fecha dos incidentes en la capital intramuros y éstos en lugares precisos. Lo que sí arde, y creo que es la razón por la que los políticos europeos (los conscientes) miran circunspectos el caso francés, es la balanza migratoria Norte-Sur. Tal vez habría que explicar a los vándalos de las periferias por qué sus padres en lugar de disfrutar de la descolonización y la soberanía de los países de los que huyeron vinieron a refugiarse a la metrópoli de la que se liberaban. O tal vez habría que ayudarles a construir sus sueños en las tierras donde el hambre, la intolerancia, la anarquía y el desamparo expulsaron a los suyos. Entonces puede que desde la otra orilla del Mediterráneo nos lleguen nostálgicas voces que entonen La Marsellesa.

París, 20 de noviembre de 2005.
 
 

 

 

 


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