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WILLIAM NAVARRETE
González-Llorente:
orfebre del tiempo
El Nuevo Herald - 13 de noviembre de 2005
Reloj de sangre y otros relatos es el título
de la primera compilación de cuentos del escritor
cubano José M. González-Llorente (La Habana, 1939).
Su lectura ha sido para mí una revelación inesperada
pues conocí a su autor en otro ámbito, el del
activismo por los derechos humanos, cuando en el año
2003, después de la ola represiva de la Primavera
Negra en Cuba, en que fueron arrestados y
encarcelados 75 opositores pacíficos al régimen, me
contactó para que participara en el libro que estaba
preparando, Voces tras las rejas, publicado
el año pasado.
Al libro de cuentos que aquí presento, le preceden,
del mismo autor, dos novelas: La odisea de
Obalunko (2002) y Tierra elegida (2003),
en que ya González-Llorente anticipaba su caudal
imaginativo, la riqueza anecdotaria de su prosa y su
meticuloso dominio de la letra.
Los cuentos de Reloj de sangre, como su
nombre lo indica, están ritmados por la cronometría
de las doce horas de un reloj. Y como en el caso de
la esfera del tiempo, giran alrededor de un mismo
centro para volver al punto de partida de la
narración. Entre las seis primeras historias y las
seis últimas un breve Interludio onírico separa las
dos partes del tiempo en su girar concéntrico.
No puedo referirme a cada uno de los doce cuentos
del libro. En cambio, puedo aclarar que las dos
historias que más he saboreado corresponden a lo que
en el reloj imaginario de Llorente serían la primera
y la última horas de su artefacto del tiempo, o sea,
los cuentos que abren y cierran el ciclo.
El primero de ellos es el propio Reloj de sangre,
un homenaje profundo a los que sufren la prisión y
viven el suplicio de ignorar el tiempo afuera, los
años, los amaneceres y crepúsculos, porque sus
celadores han puesto mucho cuidado en separarlos del
mundo y de toda referencia que marque su andar.
En Reloj de sangre, el hombre preso cuenta sus días
gracias a los latidos de su corazón. Y son esos
latidos los que le permiten saberse vivo y saber que
a pesar de su aislamiento y encierro el tiempo
existe todavía dentro de las paredes silenciosas y
tapiadas de su celda.
El profundo humanismo de González-Llorente, la
elegancia de su lenguaje, lo articulado de la
historia, la pausada indiferencia ante la gloria
efímera y casi siempre cegadora que convierte a los
buenos escritores en pálidos reflejos de lo que
pudieran ser, resultan constantes en los cuentos de
este autor. Cada cuento desborda un profundo
conocimiento del hombre en Hispanoamérica y ofrece
una reflexión ecuánime de lo que, al final del
libro, aparecerá como El espectáculo más grande del
Sur.
En una parodia inclemente contra la engañifa de la
historia y de sus actores principales, líderes y
masas, González-Llorente se burla amargamente del
gran circo latinoamericano, de la sucesión de
trampas que han tendido sobre los pueblos los
vividores mezquinos de siempre. Sin que el
protagonista --que es el propio autor, e incluso
nosotros mismos-- encuentre otra solución que no sea
la de seguir observando con cautela el gran circo,
para, al menos, no vernos arrastrados por su
irracional y enceguecedor entusiasmo.
Gozan también los cuentos de Llorente de una
contemporaneidad que no nos es ajena. En ellos
reconocemos la religiosidad popular de nuestros
tiempos, las ansias de libertad del hombre de hoy
--desde el cautivo que vive en la isla de Cuba y
desea escaparse de ella en un submarino bautizado
Manatí de su propia invención (El parto del
manatí) hasta el que desea resurgir de sus
miedos y errores después de una mutación kafkiana de
su piel por intervención milagrosa de San Judas
Tadeo (Peticiones a San Judas).
Toda esta amalgama de historias, dando vueltas en
redondo alrededor del portentoso milagro de la
creación y el ensueño, forman un calendario
cotidiano al que González-Llorente ha sabido dar
forma ritmada, con estructura de paciente orfebre
del tiempo, para disfrute de quienes conocemos el
mundo que evoca y sorpresa de aquellos que vengan de
otros mundos y despierten en el nuestro.
Por eso quiero celebrar la llegada a las letras
cubanas de este excelente cuentista y brindar por la
compatibilidad que en lo adelante compartimos: la de
ser hombres libres, y creer y actuar sin rodeos ni
medias tintas por la libertad de los que no
disfrutan de nuestro tiempo, por aquellos para
quienes las horas pasan (o no pasan) ritmadas
sólamente por el angustioso e interminable latido de
la sangre en sus venas.
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