Italia: un don de la
tierra
(Presentación en la Feria del Libro de Chiari -
Italia / 5 de noviembre de 2005 con motivo a la
publicación en italiano del poemario "Edad de miedo
al frío")
Un día escribiré versos que canten la grandeza de
Italia. Serán, seguramente, versos que no hablarán
de victorias épicas ni de los conflictos del alma,
sino de la belleza que como legado, a lo largo de
los siglos, Italia nos ha dejado.
Creo profundamente en la magia que emana de la
tierra, en cierta fuerza recóndita enraizada en sus
entrañas que aflora en eso que llamamos "lugares
mágicos" para expandirse luego por el mundo ya sea a
través de las palabras que contamos o coloreando las
notas musicales que cantamos; ya sea a través de una
pincelada magistral, de un cuerpo esculpido con
acierto y gracia o, incluso, de un edificio que nos
invita a contemplarlo largamente haciéndonos olvidar
su función práctica primaria.

William Navarrete en la Feria del Libro de Chiari
(Italia) junto a Gordiano Lupi e Ilaria Gesi
Con todos esos dones, y otros que no caben en estas
breves palabras, cabalga Italia como el jinete de lo
bello, el de mejor penacho y envidiable brida, por
el mundo, restándole aspereza.
Mas a veces, por olvido, descuido o tal vez por
simple ingratitud, ese mismo mundo que se inspira y
transforma a Italia cada día, olvida mirar atrás
para reconocer que sin Italia soñaríamos menos, que
muy tristes serían nuestras músicas e infinitamente
menos graciosas nuestras artes sin ella. Pues de
esta península unificada que como una bota de
caballero simboliza los pies de la larga marcha de
Europa y también las alas de su vuelo real e
imaginario a la vez, ha irradiado hacia la Francia
del racionalismo, hacia la España conquistadora y
hacia toda la Europa del saber y de la inteligencia,
el ingrediente básico y la materia primigenia que
nos ha permitido construir eso que solemos nombrar,
ya casi con miedo, el Mundo Occidental.
Por eso, estos versos que bajo el título de "Edad de
miedo al frío", que el escritor y editor Gordiano
Lupi ha tenido la generosidad de publicar e Ilaria
Gesi de traducir, son, por así decirlo, un tributo
avant-la-lettre a esa Italia en la que todo
el mundo occidental, como en un espejo de viejas
pátinas, se mira y vuelve a mirarse.
De este modo, no ha sido accidental la portada que
ilustra este libro y que debo al talento de Elena
Migliorini quien ha captado la imagen de una Venecia
habanera o de una Habana véneta, ambas ciudades
cautivas de sus aguas. Tampoco resultan accidentales
los poemas Bucentauro y Gran Canal,
que con registros diferentes, cantan a ciudades que
son víctimas de la gloria y al hombre que vive en
ellas cautivado de belleza en medio de sus
desgracias. Esta ciudad, aunque sea Venecia, puede
muy bien ser La Habana, aunque en esta última más
que cautivado de bellezas –vale la pena recordarlo–
el hombre que la habita es un cautivo de la
arbitrariedad, de la opresión, del miedo y del
silencio ensordecedor de un poder mezquino.
También gracias a Italia nació el poema Mercurio
alado, ese dios joven, casi ángel, que
esculpieron las manos diestras de Juan de Boloña y
que hoy tirita de frío bajo su celaje de bronce en
una sala a destiempo en el palacio del Louvre.
Por eso, de algún modo, siento sin temor a
equivocarme, que al venir a aquí en esta ocasión lo
he hecho no como tantas otras veces, sino
devolviendo a Italia si no todo, al menos, una
ínfima parte de lo mucho que me ofrece. Y no digo
más porque de los encantamientos no se habla para
que perduren protegidos muy adentro o para que
atraviesen las distancias de la tierra y de la
lengua para quedar fundidos en los versos que son
como pactos secretos en la noche ancestral de la
memoria. De uno de esos pactos brotaron estos versos
y no significa esto que por haberlos terminado haya
puesto fin al encuentro interminable de mis noches
con Italia.
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