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WILLIAM NAVARRETE
París: Arroz con leche en remojo
Encuentro en la Red, 25 de marzo de 2005
Dos noticias, que en otras circunstancias hubieran podido causar risa, me
dejan absolutamente perplejo. La primera de ellas —que se ha prestado ya
para chanzas de todo tipo e incluso para hacer circular un remedo de
comunicado jocoso de parte del Ministerio de Relaciones Exteriores cubano a
la población cubana en el extranjero—, la ofreció el propio Fidel Castro
durante un discurso de cinco horas y media con motivo del pasado Día
Internacional de la Mujer, ante un nutrido quórum de federadas cubanas: el
país se prepara para alcanzar la "invulnerabilidad económica" y parte de
este milagro —la "revolución" ha obrado otros tantos ya, según el propio
orador— será la distribución (en realidad, "venta") de ollas arroceras para
el confort de la mujer cubana.
Olla de presión+vaca enana=arroz con leche, aunque sin azúcar.
Además del anunciado milagro de la "olla arrocera", Castro regaló durante su
acostumbrada arenga consejos de cocina, llegando incluso a abordar el tema
de cómo utilizar la olla de presión, de manera que cada mujer contribuya al
ahorro de energía, necesario para la salud económica del país (¿con
semejante premisa ridícula se puede hablar de "invulnerabilidad
económica"?).
Sobre este tópico, el consejero doméstico, el Comandante en Chef, no vaciló
en explicar que al poner los frijoles en remojo desde la víspera se lograba
utilizar de forma adecuada, energéticamente hablando, la olla de presión.
"Hay que instruir a la población acerca de la forma en que debe usarse la
misma", recalcó durante su larga intervención.
Aquí saltan a la vista algunas interrogantes. La primera de ellas, de
respuesta sólo comprensible para los cubanos, es: ¿cómo puede la máxima
autoridad de un país dedicar, no digo yo horas, tan sólo minutos, del tiempo
de una intervención pública para anunciar una noticia que, en cualquier otro
lugar del mundo, resultaría no sólo descabellada e intrascendente, sino
también soez y patética?
Personalmente, la incongruencia disparatada entre el discurso del alto
mandatario y la función que debe asumir, no me causa risa alguna. Al
contrario, me deja pensando en qué nivel de consideración hacia el pueblo
cubano debe existir entre sus propios gobernantes cuando la máxima autoridad
del país se permite, airadamente, dirigirse a ese mismo pueblo, 45 años
después, para anunciarle victoriosamente la llegada de unos cuantos miles de
ollas arroceras chinas para aliviar la vida cotidiana de la mujer. Ollas
arroceras que, dicho sea de paso, ni siquiera les regalarán, sino que cada
una cuesta 150 pesos, algo así como el 70% del salario mensual medio en
Cuba.
El espacio vital de las cubanas
La otra pregunta, de respuesta también incomprensible para quien nunca ha
vivido en Cuba, es ¿cómo puede un pueblo manifestar (o fingir manifestar)
entusiasmo ante una noticia tan banal, de tan mal gusto, de tanta burla, de
tanta falta de principios elementales de respeto y de consideración hacia sí
mismo, después de 45 años de noticias que han estado reflejando el estado de
humor personal de quien durante todo ese tiempo las fabrica a su antojo y
que, vistas desde afuera, parecen burlas?
Todo ello sin contar que al dirigirse a las mujeres cubanas, se ha dado por
sentado que el espacio vital que les reserva el gobierno de Cuba es ese: el
de la cocina, el del ruido de la olla de presión, el del estrés de utilizar
la otra olla (la arrocera), sin aumentar el consumo de electricidad del
hogar y el de hacer uso de la otra (la frijolera) poniendo un día antes los
frijoles en remojo.
¿Qué secreto puede tener el uso de una olla de presión —utensilio que más
simple no puede ser— para que Fidel Castro anuncie que "hay que instruir a
la población" sobre su uso? Por más que volteo la olla de presión de mi casa
no veo más que recipiente, tapa y válvula. ¿Será ese secreto, descubierto 45
años después, uno de los tantos milagros de la "revolución" anunciados?
La otra noticia, no por sensacional resulta menos patética. Esta no habla de
ollas sino de vacas enanas, de apenas 60 centímetros, que un campesino
jubilado de la localidad San Juan y Martínez (en la provincia de Pinar del
Río) ha logrado después de múltiples cruzamientos con hermanos, primos, tíos
y hasta padres del mismo animal.
Aunque semejante novedad ya había sido revelada con anterioridad, esta vez
la noticia ha soltado sus amarras y ya le está dando la vuelta al mundo. La
televisión española, en un reportaje noticioso desde Cuba, ha entrevistado
al campesino, mostrando las monstruosas vacas o lo que de las vacas
originales queda, y el todo ha sido sazonado con algún comentario sobre la
alimentación láctea cubana, de la que se dice que nunca nadie ha quedado
excluido.
Lo que hubiera podido abordarse como una simple curiosidad del ámbito de las
invenciones genéticas, ha sido, en realidad, enfocado desde la perspectiva
de la propaganda del régimen —absolutamente falsa por demás—, con el deseo
de crear falsas esperanzas en una población sometida a décadas de escasez de
productos lácteos.
Pues si bien se anuncia que en Cuba no le falta la leche a nadie, también se
insinúa que en el futuro, como si de un animal doméstico se tratase, cada
hogar cubano podría satisfacer sus necesidades en materia de leche cuidando
de una vaquita como se cuidaría de un perro. Entonces, ¿en qué quedamos?
¿Para qué hace falta que cada hogar incorpore a su cotidianeidad semejante
monstruo de animal si se dice que el Estado garantiza desde siempre el
acceso a este producto?
De lo que sí no se habla en ninguna de las dos lamentables noticias es, por
ejemplo, de la producción azucarera del país, que ha alcanzado los índices
más bajos de su historia. Ni tampoco se aclara si la misma vaquita permitirá
finalmente a los cubanos tener acceso a la carne roja, algo en lo que sí el
milagro nunca ha obrado en 45 años.
Ahora bien, de todo ello se deduce que a la década del picadillo enriquecido
de soya (cuyas virtudes nutritivas fueron alabadas también por el mismo
presidente cubano desde antes que empezara el período especial), seguirá la
del arroz y los frijoles en remojo (como si no hubieran sido estos los
últimos tristes sobrevivientes de la cocina cubana).
En realidad, poco faltó para que, uniendo el confort de la famosa olla
arrocera a la abundante leche (¡7 litros diarios ha dicho el campesino!) de
la vaca enana, se ofreciera, de paso, la receta del arroz con leche para
endulzarle la vida a la federada cubana, y sellar definitivamente la década
de la soya. Claro, un arroz con leche en remojo, a la espera del azúcar,
pero arroz con leche igual.
URL
http://www.cubaencuentro.com/desde/20050325/a8fdbff80c2c001468d2f6e142ee2d4f.html
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