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PEDRO CORZO
EL PECADO
ORIGINAL
E-Mail: petercorzo@msn.com
Los que cargan con el pecado original de haber enfrentado la espada
flamígera de la Utopía, fueron sindicados de responder a intereses
personales, influencias o mandatos extranjeros.
El régimen y sus partidarios no entendían del derecho a disentir, tampoco de
la apatía ciudadana que padecen tantos individuos o simplemente de que la
persona estaba actuando de acuerdo a sus convicciones. Todos eran echados a
un saco que tenía que ser eliminado y en el mejor de los casos, golpeado y
mancillado.
Cierto que había de todo en aquella viña como también en el campo verde
olivo de la naciente dictadura, pero generalizar era mas fácil. Importante
restar valores morales y desprestigiar a los que enfrentaban las promesas,
hacerlo, era útil para los perros y para sus amos.
Aquellos que dijeron No a las propuestas, fueron de inmediato identificados
como lacayos de Estados Unidos, calificados de gusanos y en consecuencia
padecieron todo tipo de discriminación, tanto en los estudios como en los
centros laborales.
Dejaron de ser cubanos, pasaron a ser traidores, vende patrias que solo
querían la destrucción del país y su subordinación a una nación extranjera.
No importaban los antecedentes de individuo. No interesaban al Poder ni a
sus partidarios la conducta de vida del que disentía, simplemente el no o la
neutralidad ante el Proyecto, convertía al sujeto en un ser deleznable que
merecía el peor de los castigos.
Lo anterior es la descripción de una realidad pero sin los miedos, temblores
y sangre de las víctimas o ser convocado por la dirección del centro laboral
o de estudio y encontrarse en medio de una turba que pide Paredón o que te
conduzcan a la cárcel.
Caminar por una calle y de pronto ser rodeado por un grupo de individuos que
la emprenden a golpes contra ti, o simplemente subir a un autobús y un
sicario alardoso te ponga un revolver a la sien y te diga “gusano de mierda,
si te mueves te acabo”, y que el resto de los pasajeros guarden silencio o
lo que es peor, inciten al esbirro para que haga lo que prometió.
Estar en una fiesta y cuando sales de la misma encontrar que la casa está
rodeada por una turba que ruge odio y clama venganza por algo que ignoras.
Ir a misa y que te griten, te ofendan, por creer en otro Dios que no es el
oficial. Juicios sin testigos para la defensa. Con abogados que compiten con
los fiscales en encontrar culpabilidad.
Juicios populares, en plazas públicas, donde solo llegar al estrado te hacia
sentir como el mas miserable y desarmado de los gladiadores que sabía que se
estaba enfrentando al tigre con las manos atadas. Allí, tan sicario era el
tribunal como el público que presenciaba el proceso. Aquella turba rugía
cuando el espurio tribunal hacia pública la condena que había decidido antes
del proceso.
Abandonar el país por las causas que fueran y ser obligado a realizar
labores que no están relacionadas con tu actividad. Dejar la casa por
semanas, reducir tu calidad de vida a la de esclavo y saber que una simple
protesta puede impedir se cumpla tu voluntad de abandonar el infierno que
han creado para tu tortura. Los bienes del obrero, profesional o millonario,
sin importar como fueron adquiridos, confiscados sin posibilidad de debate.
Los mítines de repudio no fueron inventados en los ochenta, en esa década
simplemente el régimen actuó mas descarnadamente porque conocía de la
impunidad de la que disfrutaba. En aquellos vergonzosos actos participó un
número considerable de la población cubana, una responsabilidad colectiva
que debe avergonzar a quienes se prestaron para aquellas ignominias. La
diferencia entre la horrible noche nazi de los “Cristales Rotos”, con los
actos de repudio del Mariel, es que aquello duró unos pocos días y en Cuba
las manifestaciones se extendieron por meses y todavía se repiten.
Campos de concentración sin hornos, sin cremaciones como los de Dachau, pero
con esbirros con suficiente crueldad para hacerte sentir solitario y
abandonado por el mundo. Un régimen carcelario cruel, de inhumanidad sin
nombre. El paredón, la ejecución en silencio, la partida de tu amigo o la
tuya, la cual era sólo conocida por la victima y los allegados que no habían
incurrido en la apostasía.
De esta situación no se salvaron ni los hijos de los desafectos, ellos
padecieron de sus compañeros de escuela y de vida, el mismo acoso y los
mismos ataques que sus padres. En la isla no hubo adolescencia inocente.
Muchos maestros se encargaban de hacer público el entorno del pupilo y no
pocos condiscípulos, imitando a los pequeños del “Señor de las Moscas”,
disfrutaban en aislar o acosar al muchacho de familia “rara” con el que
compartían la clase.
Estos horrores y muchos omitidos por falta de espacio, forman parte de la
Memoria reciente de nuestra nación y no deberían ser usados para ninguna
vendetta; para devolver la crueldad de los victimarios que por participación
u omisión tienen responsabilidad con lo ocurrido en Cuba en estas cinco
décadas pero debe ser divulgado, dado a conocer o recordar a quienes
demonizan y cuestionan a los que se niegan a aceptar a los renegados.
No debe haber espacios para la venganza, la sociedad cubana debe actuar
responsablemente y un estado de derecho propiciar las reparaciones que se
crean pertinentes, pero el perdón y el olvido es algo personal, individual,
nadie tiene derecho a exigir que el torturado deje de pensar en sus
cicatrices.
Por otra parte, es más que aceptable que personas de buena fe, que no
participaron en el aquelarre castrista de los últimos cincuenta años
demanden perdón y olvido, exijan una reconciliación de las partes en
conflicto, pero cuando el reclamo viene de victimarios renegados o de
quienes por práctica intelectual o profesional y por conveniencia, callaron
y cerraron los ojos a la realidad que padecían sus conciudadanos, es un
pedido que ofende y obliga a preguntar: ¿estás avergonzado de tus
complicidades, de los privilegios que disfrutabas, apenado de quienes
quedaban en la orilla cuando recibías las bendiciones del totalitarismo?.
Pedro Corzo
Julio 2008
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