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LA HISTORIA DE UNA
CRUZ |
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Por:
Anolan Ponce |
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English |
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Una gran tragedia se había cernido sobre nuestras vidas en Abril de 1961
pues mi padre había tomado parte en la invasión de Playa Girón y lo habían
hecho prisionero. Temiendo una represalia, mi madre, mi hermano, y yo nos
habíamos “escondido” en la finca familiar, La Simpatía, en la vecindad de
Cañas, un pequeño pueblecito perteneciente al municipio de Artemisa en la
Provincia de Pinar del Río.
Nino era un primo de mi papá que en la finca manejaba un tractor. Yo lo
recuerdo con su ropa de trabajo, pantalón y camisa de tela gruesa color
gris, altas botas y los ojos intensamente verdes de los Martínez. Me llamó
la atención por lo misterioso, triste y callado; siempre que lo veía
hablando con mi tío era debajo de la solitaria ceiba o en una apartada
esquina del almacén de la granja. |

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Poco a poco me fui enterando por qué. El hijo de Nino, un muchacho de 17
años, se había alzado. Ahora, después de Playa Girón, se encontraba
escondido en uno de los cañaverales de la finca. Mi tío lo iba a sacar para
La Habana donde tenia la manera de ingresarlo en una embajada. Meses
después, estando ya nosotros de vuelta en nuestra casa de La Habana, supe
que el hijo de Nino se negó a asilarse y junto con otros se internó en la
Cordillera de los Órganos para seguir la lucha.
Nosotros abandonamos Cuba. Ya en Miami, en Abril de 1962, supimos la triste
noticia. El hijo de Nino junto con cuatro jóvenes más había sido acorralado
en un cañaveral de la finca Monserrate junto a La Simpatía. Los milicianos
le prendieron candela a la caña a la vez que descargaban sobre el cañaveral
la lluvia de plomo de sus metralletas. Dicen los presentes que algunos
alzados lograron salir heridos y medio quemados solo para caer acribillados
por las balas al borde del cañaveral. Otros murieron carbonizados dentro de
la caña que ardía. No sé cuál de los dos fue el fin del hijo de Nino, solo
sé que murió aquel día.
Mas de 40 años han pasado. Ahora, voy manejando muy temprano en la mañana
hacia el Memorial Cubano y viene a mi el recuerdo del hijo de Nino. Me he
brindado de voluntaria de nuevo este año y junto a otras seré testigo del
dolor de familiares y amigos que vienen a rendir tributo a sus muertos. Veré
desesperación en sus rostros cuando no encuentran la cruz del ser querido, y
desilusión y dolor cuando se les confirme que la cruz no está. Y veré
súplica en sus ojos cuando pregunten cuando podemos poner la cruz.
Este viernes 20 de Febrero amaneció gris. Yo estoy vestida de negro y camino
muy despacio por entre las cruces que portan los nombres de los que dieron
su vida por la libertad de Cuba. Se me hace un nudo en la garganta. El año
pasado me pasó igual. Este nudo en la garganta que hace que se me estruje el
corazón y se me cuajen de lágrimas los ojos, es mi tributo silente a estos
muertos desconocidos para mí y para el mundo. Es mi penitencia por no saber
quienes son, es mi agradecimiento por lo que hicieron por Cuba. Camino y
camino por entre estas cruces, prueba indeleble del dolor y el sacrificio de
un pueblo. ¡Las cruces de nuestros muertos! Y sigo caminando... Yo, una
figura vestida de negro, entre cruces blancas, en un día gris.
Comienzan a invadir mi mente los recuerdos de aquellos alzados del
pueblecito de Cañas. Recuerdo los de más renombre, los que conozco solo por
sus apodos: Machete y Tití. Y sigo recordando. ¡Dios mío, el hijo de Nino!
¿Estará allí su cruz? ¿Estarán allí las de los otros? ¿Pero, cómo las voy a
encontrar, si ni siquiera sé sus nombres?
La desesperación me inunda ahora. No quiero que pierdan un minuto de este
homenaje. Llamo a mi prima. Ella me averigua que Machete se llamaba
Francisco Robainas y Tití era Israel García. Entonces llamo a mi tía, pero
no está. Mi tío no se acuerda muy bien. Dice que al hijo de Nino le decían
Nardo. El apellido sabemos que es Martínez, el segundo de mi padre. Mi tío
me dice que llame a su hijo mayor, y este me dice lo mismo: Al muchacho le
decían Nardo, pero él me puede averiguar el nombre verdadero. Me llama a los
10 minutos; y después de más de 40 años, ya sé como se llamaba el hijo de
Nino, aquel valiente muchacho que prefirió seguir luchando, aun cuando ya
había pocas esperanzas de victoria, a asilarse en una embajada. Heroico
camino escogido por él. Heroico camino que le costó la vida.
Busco las cruces. Y encuentro la de Robainas, quien viéndose cercado por los
comunistas, se dió un tiro en la sien pues prefirió matarse antes que
entregarse al enemigo. También encuentro la de Tití. Este valiente fue
traicionado por alguien apodado el Mexicano. Lo apresaron y fue ejecutado
ante el pelotón de fusilamiento. Pero, ¿dónde está la otra cruz que busco?
No encuentro la cruz de mi pariente lejano, el hijo del primo de mi padre,
el hijo de Nino.
Corro a Emilio, quien está encargado de poner las nuevas cruces. Lo atosigo,
lo vuelvo loco. Me dice que ponga el nombre en la lista. Que él la recogerá
al final del día y que esa noche me hará la etiqueta para la cruz. En estos
momentos quiere irse a dormir, pues ha estado toda la noche allí poniendo
cruces con otros voluntarios. Yo le suplico que por favor se lleve el nombre
de mi pariente ahora. No confío que se acuerde de recoger la lista por la
tarde. Emilio me complace y se lleva el nombre.
Llego al Memorial a la una de la tarde el sábado y llevo unos claveles
blancos. Busco mi cruz y no la encuentro. ¿Dónde esta Emilio? Me dirijo a la
misa que al aire libre esta oficiando Monseñor Román. El sol me quema la
piel, me da de frente en la cara. Lo recibo complacida. Es mi penitencia por
haberme olvidado de ordenar una cruz para mi pariente al debido tiempo. Yo,
que compré cruces para que le pusieran a otros, ¡y me olvidé de la mía!
“¡La misa ha terminado, demos gracias al Señor!” Son las palabras de
Monseñor Román y de lejos veo a Emilio quien hace señas. Se acerca a mi
sonriente con la etiqueta para mi cruz. Ahora camino muy rápido por entre
las cruces. En el último lote encuentro una sin nombre. Me agacho y mis
propias manos pegan la etiqueta en la cruz que rinde homenaje a mi pariente
mártir, ametrallado en un cañaveral más de 40 años atrás: Reinaldo Martínez,
Abril, 1962, Pinar del Río. Mi pariente ya tiene nombre. También tiene una
cruz a cuyo lado hay unos claveles blancos. Y mi plegaria por el descanso de
su alma, y mi agradecimiento por lo que hizo por Cuba.
Es la hora en que han pedido a los familiares y amigos de los desaparecidos
que se paren junto a las cruces de sus seres queridos. Las notas del Himno
Nacional resuenan y el viento las esparce sobre las cruces blancas del
Memorial Cubano como un manto que cae para bendecirlo. Yo me yergo junto a
mi cruz llena de orgullo, y me pongo la mano derecha sobre el corazón a
manera de saludo como de niña me enseñaron en la escuela en Cuba. El sol
esta muy brillante, pero yo no lo veo. Tengo los ojos nublados por las
lágrimas del alma.
Termina el servicio. Me despido de mi pariente: ¡Adiós, mi primo! Ya tienes
nombre, ya tienes una cruz que te honra. Adiós, Reinaldo Martínez, el hijo
de Nino, ametrallado en un cañaveral de la finca Monserrate 42 años atrás.
El mundo sabe ahora quién eres, el mundo sabe tu historia. ¡Descansa en paz,
pariente mío! Aquí estaré de nuevo el año que viene para honrarte. ¡Dios
bendiga tu alma y a todas las del Memorial Cubano!
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